miércoles, 13 de marzo de 2013

Las puertas de la Capilla Sixtina



Lo que está ocurriendo en la Capilla Sixtina vaticana no deja de ser curioso. Desde el punto de vista estético, la ceremonia, con sus colores, sus decorados y sus procesiones puede ser incluso más atractiva que cualquier película que se pudiera rodar sobre estos temas. Pero si tomamos algo de distancia y observamos lo que de verdad está ocurriendo allí dentro, la cosa se vuelve extraña y hasta peligrosa.

Imagínate una pirámide. La distancia entre el vértice de arriba y la base de la pirámide es su altura. Pues bien, hay sociedades, grupos, cuya estructura interna es similar a una pirámide. Son sociedades muy jerarquizadas. Arriba, en el vértice, se suele situar el jefe y, algo más abajo, los jefecillos, y así sucesivamente hasta llegar a la base, en donde se encuentra el pueblo llano, los miembros que, aunque forman parte del grupo, no tienen cargos que ejercer.

La vida concreta, los problemas reales se suelen dar con más crudeza en la base de la pirámide. A medida que vamos subiendo por la pirámide, los problemas, si los hay, suelen ser menos reales y el contacto con los miembros de la base, menos vivo. Hay una alta probabilidad de que quien esté situado en la cima de la pirámide sea muy consciente de los problemas burocráticos que genera la propia organización, pero sepa muy poco de los problemas reales que se viven en la base. Cuanto mayor sea la altura de la pirámide, más lejos quedarán los problemas de los miembros del grupo y menor será el conocimiento que tengan de ellos los que están allá arriba.

En estas circunstancias, cuando hay que elegir un nuevo jefe, la solución que aportan estas sociedades piramidales es la que nos ofrece en estos días, como ejemplo, la Iglesia Católica. Los miembros situados cerca del vértice, los más alejados de la vida real y concreta, se reúnen en la Capilla Sixtina y, por si no quedase claro lo que allí dentro hacen, ejecutan el acto simbólico de cerrar la puerta y de evitar cualquier contacto de los jerarcas con el mundo exterior.

Lo que hacen allí dentro no es más que votar a quien les parece mejor, descargando la responsabilidad de los resultados en el Espíritu Santo, del que dan una imagen lamentable, como la de alguien que juega con ellos y que les inspira a unos para que voten a A como el mejor y, en cambio, a otros les dice que el mejor es B. Mientras tanto, la gente de la base de la pirámide sigue con sus problemas. Ellos también pueden tener contacto con el Espíritu Santo y podrían expresar sus experiencias, pero parece que las de los jerarcas son cualitativamente más importantes y el juego que con ellos entabla la paloma privilegiada tiene más trascendencia que la que pudieran ofrecer los de abajo.

Cuando acabe esta partida espiritual, santa y estéticamente atractiva, los jerarcas saldrán satisfechos de lo que han conseguido en su retiro del mundo, los de abajo aceptarán sin rechistar los designios de la divina paloma -o de las mentes cardenalicias- y comenzará una nueva partida, que se jugará de diferente manera, según sea la altura a la que se encuentren los jugadores en la pirámide.

Realmente, hay que tener ganas de jugar a estos juegos tan poco razonables, tan de otros tiempos, tan peligrosos.

Visita virtual a la Capilla Sixtina vacía, claro.


http://www.vatican.va/various/cappelle/sistina_vr/index.html

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